| Un
gran número de los católicos norteamericanos que se apartan
de los sacramentos (y que casi nunca van a misa) lo hacen porque creen
que ellos están en "un matrimonio malo". Es decir, se divorciaron
y, sin recibir una declaración de anulación de la Iglesia,
se casaron de nuevo. Lo bueno es que probablemente ellos estén en
un "matrimonio bueno", con anulación o sin ella. Lo malo es que
nadie se ha molestado en darles esa buena noticia.
Nosotros,
los miembros de la Mesa Directiva de ARCC que, en gran mayoría representamos
una corriente principal del catolicismo americano, creemos que ya es hora
de molestarse容s decir, de informar a las personas que se han casado por
segunda vez sin haber anulado su primer matrimonio, que no deben apartarse
de la misa ni de los sacramentos. Creemos que tenemos un deber de aportar
nuestros bien fundados conocimientos sobre este asunto que, hasta el presente,
ha sido víctima de muchos malentendidos que han conducido a una
alienación innecesaria de la Iglesia, y a un diezmamiento (o, con
más precisión quizás, una cuarta parte) del número
de miembros de la Iglesia. Esto no tiene que ser así.
Algunos
sacerdotes han estado haciendo un trabajo muy bueno ayudando a las parejas
a regularizar los llamados "matrimonios irregulares" mediante el proceso
de la anulación y también fuera de ese proceso, en lo que
se llama "el foro interno". Pero muchos pastores están haciendo
esto de una manera silenciosa y oculta, lo cual es injusto para aquéllos
que no saben lo que está pasando. Todos debemos saber lo que pasa.
Como miembros de ARCC, tenemos el deber de falicitarles que lo sepan. En
el espíritu del Vaticano II, tenemos el deber de hacer que la Iglesia
funcione para todos, incluso, y sobre todo, para aquéllos que están
heridos o errantes.
Los
Padres del Vaticano II describieron a nuestra Iglesia como una Iglesia
peregrina. Con eso, querían decir que todos hemos tenido que caminar
a través de la historia, unas veces con orgullo, otras dolorosamente,
a veces andando, a veces cojeando, en nuestros esfuerzos por seguir el
evangelio y no siempre con éxito. Es un hecho que los Papas guerreros
del fin de la Edad Media y principios del Renacimiento cojearon mucho.
Algunos llevaron vidas de lujo y libertinaje, construyendo palacios para
sus amantes y dando parte de lo sobrante de las tesorerías de las
Cruzadas a sus hijos ilegítimos. Que aquellos que nunca cojearon
tiren la primera piedra.
Muchos
de nosotros cojeamos de muchas maneras. Parte de nuestra cojera tiene que
ver con nuestros matrimonios. Muchos de nosotros mismos somos hijos de
divorciados. Algunos crecimos sólo con el padre (o con la madre)
y, aunque no sabemos en realidad como hacer un buen matrimonio (porque
nunca hemos visto uno en nuestra familia), nos casamos. A veces, estos
matrimonios no duran. A veces, algunos de nosotros nos vemos abandonados,
o atrapados en un matrimonio con alguien a quien encontramos "intolerablemente
incompatible." Como Ana Thurston escribió en "Living with Ambiguity,"Doctrine
and Life 44 (1994): pág. 538, "Hay relaciones que se vuelven destructivas
para todos los participantes y donde. . . no es posible hablar de tales
matrimonios como ' simbolizantes de la unión entre Cristo y la Iglesia'".
Y por esto nos divorciamos. En un período de tres años tras
el divorcio, muchos de nosotros (tres de cada cuatro mujeres, cinco de
cada seis hombres) nos casamos de nuevo--para compañía, para
intimidad sexual y para el apoyo que el matrimonio proporciona. A veces
nos casamos con el fin de crear un hogar mejor para nuestros niños.
¿Somos nosotros una contradicción viviente al ideal católico--que
supone que ese matrimonio es para toda la vida?
No
necesariamente. Como peregrinos en una iglesia peregrina, nos levantamos
de nuevo, nos preguntamos qué hicimos mal, y lo intentamos otra
vez. No queremos vivir solos. Nos gustaría tener niños. Nos
gustaría ser buenos católicos. Y nos gustaría todavía
creer que el matrimonio es para toda la vida. El ya difunto Padre James
Young, Paulista, que trabajó mucho por abrir nuevos caminos para
los católicos divorciados y casados de nuevo en los años
después del Vaticano II, escribió en 1986: "Los casados por
segunda vez no son personas que promueven el divorcio. Casi unánimemente
profesan una gran estima por el matrimonio para toda la vida, e insisten
que ellos nunca desearían el divorcio a nadie. . . Acercarse a las
personas divorciadas es mirar a través de una ventana dolorosa la
parte escondida y oscura de la vida americana y las muchas fuerzas que
dificultan un matrimonio duradero. Para la mayoría, las segundas
nupcias es una segunda oportunidad de vivir y amar de nuevo, otra oportunidad
de salvar una vida rota". ("Catholic Remarriage", pág. 40).
Teniendo
presente todo esto, los miembros de ARCC vemos con un poco de escepticismo
la llamada del Papa Juan Pablo II a los divorciados y casados de nuevo
que "vengan a casa" en el año 2000 (invitación repetida por
muchos obispos alrededor del mundo en anticipación del Año
Júbileo). El llamamiento nos parece poco realista, quizás
incluso inconsiderado. En opinion del Papa, muchos católicos que
están divorciados y casados por segunda vez no pueden conseguir
anulaciones y, por consiguiente, según la disciplina actual de la
Iglesia, son indignos de recibir la Eucaristía. Por lo tanto, la
invitación del Papa --"Vengan a casa"--lleva una posdata sin escribir:
"Pero no esperen quedarse para la cena."
Nosotros
creemos que muchos de los divorciados y casados de nuevo pueden venir a
casa, y quedarse para la cena del Señor, la Eucaristía, sin
previa anulación de la Iglesia.
¿Por
qué? En el primer lugar, los divorciados y en segundas nupcias todavía
están en la Iglesia. Es cierto que, durante 93 años, aquéllos
que en este país volvieron a casarse después del divorcio
estaban excomulgados--de acuerdo con una norma adoptada por los obispos
americanos reunidos para el Tercer Concilio Plenario de Baltimore en 1884.
Sin embargo, en junio de 1977, los obispos americanos quitaron esa excomunión
tras reflexionar sobre el gran descenso de asistencia a la Iglesia; asusencias
que también mantenían alejados de la Iglesia a los niños
de esas familias. El Papa Pablo VI confirmó esa acción más
adelante en 1977 (Provost, pág. 147).
Ahora,
la posición oficial de la Iglesia, tal como fue promulgada por el
Papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica de 1981,
Familiaris Consortio, n. 83, es que los hombres y mujeres que están
divorciados y en segundas nupcias (sin una anulación de la Iglesia)
están "en la Iglesia," pero no "en plena comunión con Ella".
Nosotros creemos que El Papa toma esta posición porque él
desea evitar escándalo, noción basada quizás en la
opinión de que cualquier cambio en la enseñanza tradicional
de la Iglesia nos hará tropezar en la fe. No. Al contrario. Nosotros
creemos que es la incapacidad de la Iglesia de hacer algunos cambios disciplinarios
lo que ha hecho caer a un número importante de buenos católicos
en indiferencia institucional o alienación. El escándalo
real puede ser la rigidez innecesaria de algunos sacerdotes que continúan
apoyándose en lecciones que aprendieron hace 40 años en el
seminario.
De
hecho, teólogos y canonistas bien acreditados están poniendo
en tela de juicio la solidez doctrinal y la utilidad pastoral de negar
los sacramentos a muchos que han vuelto a casarse sin una anulación.
Esta prohibición sacramental, dicen algunos estudiosos de la Iglesia,
está basada en una lectura parcial (o quizás falta de lectura)
de la historia del matrimonio (y segundas nupcias) en la Iglesia.
La
Iglesia en la historia.
Como
muchos comentaristas del Vaticano II han indicado, los Padres del Vaticano
II nos dieron un nuevo punto de vista sobre la Iglesia en la historia.
Ellos vieron una Iglesia en constante crecimiento, en constante cambio,
y, al verla así, ayudaron a humanizar la Iglesia de una forma extraordinaria.
Este cambio no fue una concesión a la debilidad humana. Está
basado en la teología de la Encarnación. Dios escogió
entrar en la historia humana, y, al hacerlo así, nos dio a entender
que ser humano es algo más que aceptable. Los que desearían
que la Iglesia bendijera el hecho de que somos humanos y acepatara un tratamiento
humano al problema de segundas nupcias, citan los cambios que han ocurrido
en la enseñanza y práctica de la Iglesia acerca del matrimonio
a través de los siglos. Ellos dicen que el saber algo de esta historia
puede ayudarnos a ver las cosas en una mejor perspectiva.
Joseph
Martos es el autor de un trabajo excelente sobre los sacramentos llamado
Doors to the Sacre: A Historical Introduction to the Sacraments in the
Catholic Church. En ese trabajo, él escribe, "Durante los primeros
tres siglos de la cristiandad, los clérigos no tenían nada
que ver legalmente en asuntos de matrimonios, divorcios y segundas nupcias".
Además, añadió, "no había ninguna ceremonia
litúrgica para el matrimonio como tenían para el bautismo
y la Eucaristía". No fue hasta el año 400, más o menos,
que se les pidió a los cristianos que procuraran una bendición
eclesiástica para sus matrimonios. (Es interesante notar que los
únicos obligados a hacer eso eran los obispos, sacerdotes y diáconos
casados). La opinión más compartida es que la idea de matrimonio
como un sacramento fue propuesta primero por San Augustín, el primer
y único autor patrístico que escribió extensamente
sobre el sexo y el matrimonio. Aún después de San Augustín,
hasta el siglo séptimo, "los cristianos todavía podían
casarse en una ceremonia totalmente secular. "El matrimonio fue declarado
sacramento por primera vez en el Sínodo de Verona en 1184. La Iglesia
no consideró el matrimonio como definitivamente indisoluble hasta
el Concilio de Florencia en 1439. (Martos, págs. 409-34).
En
cuanto a la indisolubilidad, los cristianos siempre han sido conscientes
de lo que se cree que Jesús dijo sobre el divorcio, pero no estamos
muy seguros de lo que esas palabras significan. Uno de los expertos católicos
más importante de la Biblia, Raymond F. Collins, dice que hay ocho
versiones de las enseñanzas de Jesús sobre el divorcio, y
que no hay ninguna manera fácil de identificar cuál de ellas
refleja la enseñanza en su forma original. (Divorce in the New Testament,
págs. 213-14).
Quizás
esto sea una cosa buena. En su esencia, las enseñanzas de Jesús
se referían especialmente a la libertad. Cuando habló de
la ley, lo hizo generalmente para insistir que vivamos según su
espíritu y no su letra. El grupo contra quien arremetió con
más fuerza fue el de los fariseos que insistían que todos,
incluso el propio Jesús, siguieran la letra de la ley. Cuando esos
fariseos reprocharon a Jesús por sanar a un hombre en el Sábado,
él respondió con gran sentido preguntando: "¿Fue el
hombre creado para el Sábado, o el Sábado para el hombre?"
Al
pasar los siglos, gran número de buenos cristianos se han inclinado
por un modelo rebaladizo de interpretar más de lo debido "la palabra
del Señor," usando sus palabras de manera que oscurecían
la declaración de Jesús que él había venido
para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia. ¿Fueron
las palabras de Jesús sobre el divorcio prescriptivas? Según
muchos eruditos católicos, probablemente no. El propio San Pablo
hizo una excepción. Al pasar el tiempo, otros líderes de
la Iglesia (incluyendo algunos de los Padres de la Iglesia) reflexionaron
sobre las palabras de Jesús. Las interpretaciones se multiplicaron
rápidamente. Inevitablemente, estas interpretaciones estaban condicionadas
por los tiempos en que se hicieron.
Las
palabras de Jesús en San Mateo 5:32 y 19:9 fueron interpretadas
por exégetas de la Iglesia primitiva como justificantes del divorcio
en el caso de adulterio. Esas líneas permitían al esposo
inocente volver a casarse. Pero los líderes de la Iglesia primitiva
usaron injustamente esa interpretación. El concilio local de Elvira
en España en los primeros años del siglo IV, prohibió
que una mujer volviera a casarse si dejaba a un esposo infiel, pero no
dijo nada sobre el hombre en la misma situación. En el Oriente,
Basilio de Cesarea escribió en el año 375 que una mujer abandonada
injustamente por su marido sería considerada adúltera si
ella volvía a casarse, pero un hombre igualmente abandonado injustamente
por su esposa podría ser perdonado si él volvía a
casarse. Por otra parte, algunas eruditas feministas de hoy día
afirman que la prohibición de Jesús contra el divorcio estaba
condicionada culturalmente; su condenación del divorcio fue un esfuerzo
para neutralizar el abuso que observó entre los hombres judíos
de su tiempo quienes al divorciarse de sus esposas las incapacitaban automáticamente
para otro hombre, porque, nos dicen, ningún judío con un
mínimo de respeto propio se casaría con una mujer divorciada.
Es
interesante notar cómo las iglesias Ortodoxas Orientales, donde
los hombres casados pueden ser sacerdotes (pero no obispos), desarrollaron
sus propias tradiciones. Ellos tienen una tradición muy antigua
que afirma que un matrimonio válidamente contraído sólo
puede deshacerse por la muerte física. No obstante, estas iglesias
reconocen el divorcio en caso de discordia matrimonial intolerable que
consideran un tipo de muerte. Según Lewis J. Patsavos, un canonista
del Seminario Ortodoxo griego de la Santa Cruz en Brookline, Massachusetts,
las Iglesias Ortodoxas no disuelven un matrimonio muerto. Más bien,
las Iglesias "reconocen formalmente que el matrimonio legítimo carece
de base y se ha disuelto ipso facto". Los Ortodoxos Orientales consideran
el divorcio y segundas nupcias como una excepción, no la regla,
pero cuando aceptan el dicorcio lo hacen, según Patsavos, en imitación
de "la misericordia y comprensión ejercidas por Nuestro Señor
tan profusamente durante su vida."
La
Iglesia Occidental ha tomado una vía diferente, particularmente
desde el Concilio de Trento (1545-1563) que proclamó reglas y normas
que habrían sido irreconocibles para los miembros de la Iglesia
primitva, tanto del oriente como de occidente. Desde Trento, la Iglesia
ha proclamado públicamente la indisolubilidad del matrimonio, junto
con un gran cuerpo de leyes sobre el matrimonio, y un gran aparato legal
correspondiente para implementarlo. Mientras tanto, los Papas han estado
concediendo divorcios a todos, excepto a los católicos.
Más
de 400 años después de Trento, algunos de los Padres del
Segundo Concilio Vaticano (1962-1965), examinaron muchos de los legalismos
de Trento, y el propio Concilio produjo dieciséis documentos que
encaminaron a la Iglesia en una nueva dirección pastoral. Anómalamente,
el aparato legal de la Iglesia sobre el matrimonio permaneció intacto,
posiblemente debido a una renuencia en desafiar lo establecido en los últimos
400 años. Esa situación, sin embargo, está cambiando.
Obispos de todo el mundo (por ejemplo, los obispos de Japón) ha
estado requiriendo normas menos estrictas que las enunciadas por el Papa
Juan Pablo II en apoyo de la revisión del Código de Derecho
Canónico en 1983. En 1994, tres obispos alemanes con altos cargos
jerárquicos escribieron una carta conjunta a sus fieles diciendo
que estaban reexaminado la cuestión de las segundas nupcias. No
argumentaron en contra de la enseñanza oficial de la Iglesia referente
al aspecto sacramental del matrimonio por vida. Lo que sí dijeron
es que debería haber "espacio para una cierta flexibilidad pastoral
en casos individuales y complejos". ("Pastoral Ministry: The Divorced and
Remarried", págs. 670-73).
Este
punto de vista es compartido por un buen número de teólogos
y canonistas católicos americanos, según la Religiosa Margaret
Farley, RSM, en su "Divorce, Remarriage and Pastoral Practice", en Moral
theology, Challenges for the Future:
. .
. [L]a polarización entre las opiniones de muchos teólogos
y canonistas por una parte y las posiciones tradicionales asumidas por
oficiales del Vaticano por otra, parece ahora extremada. La percepción
de una necesidad de cambio proviene de la sólida experiencia contemporánea
de la cultura occidental sobre la deteriorización de las relaciones
matrimoniales así como de un reconocimiento gradual de las legítimas
diferencias que existen acerca de las interpretaciones multiculturales
del matrimonio y de la familia (pág. 213).
En
su ensayo, Sor Farley se refiere a varios teólogos y a una variedad
de prácticas pastorales que "se inclinan fuertemente en la dirección
de permitir poner término a los esfuerzos por salvar la unión
matrimonial (primer matrimonio) y apoyar otros esfuerzos (en nuevos matrimonios)
con la plena participación en la vida sacramental de la iglesia".
La
mayoría de los católicos norteamericanos, practicantes o
no, no están al día en estas materias. Ellos no leen artículos
en las revistas teológicas, la prensa secular no trata estos temas
y, además, están bien entrenados en aprender de Roma, y sólo
de Roma, sobre los temas matrimoniales en cuestión.
¿Qué
deberían hacer los católicos? Primero, necesitamos evolucionar
y crecer. Muchos de nosotros hemos aceptado demasiado fácilmente
las prohibiciones enunciadas en las leyes de la Iglesia, y estamos tan
acostumbrados a hacer lo que nos dicen en materias de disciplina de la
Iglesia que nos es muy difícil tomar decisiones propias. Y debiéramos
tener presente que las leyes de la Iglesia relativas al matrimonio son
cuestión de disciplina, no del dogma. Una manera de crecer espiritualmente
es saber distinguir entre disciplina (que es reformable) y dogma (que no
lo es) para poder afirmar lo que creemos ser nuestros derechos.
¿Cuáles
son nuestros derechos? En la cuestión de segundas nupcias, tenemos
el derecho de buscar una anulación. Cuando tenemos problemas con
el proceso de anulación, nosotros también tenemos el derecho
(y la obligación para nosotros y nuestras familias) de explorar
otras alternativas.
El
proceso de la anulación.
El
proceso es algo más largo de lo que era, gracias a algunas nuevas
condiciones introducidas en el Código de Derecho Canónico
de1983. Desde entonces, las decisiones de cualquier tribunal están
sujetas a una revisión automática por otro tribunal de apelación様o
que conduce por supuesto a más retrasos. En otros respectos, el
nuevo Código hace el proceso de anulación más fácil.
Los tribunales pueden admitir más facilmente el testimonio de la
persona que busca la anulación, a veces incluso sin el testimonio
del otro esposo. Los tribunales están haciendo uso más y
más frecuentemente de un impedimento llamado "falta de discreción
debida" en el momento de matrimonio. Muchos matrimonios fallidos pueden
caer bajo esta rúbrica. Bajo ésta, y otras 13 causas de nulidad,
los tribunales diocesanos americanos están solicitando de Roma,
y recibiendo, unas 58.000 anulaciones cada año.
Los
oficiales del Vaticano han dicho, según informes recibidos, que
58.000 anulaciones por año es "un número demasiado elevado".
Nosotros no estamos seguros de qué quiere decir eso de "un número
demasiado elevado". Históricamente, las anulaciones de la Iglesia
eran raras. Hasta una fecha tan reciente como mediada la década
de 1960-70, por ejemplo, sólo unos cientos de anulaciones tenían
lugar en todo el mundo. En 1996, sin embargo, la Iglesia concedió
unas 72.000 anulaciones por todo el mundo (el 80 por ciento de ellas a
católicos americanos). ¿Demasiados? En términos humanos,
como evidencia de que hay algo profundamente equivocado en los modelos
presentes de amor y matrimonio en la sociedad americana, creemos que sí,
que tantas anulaciones son preocupantes. Sin embargo, nos preocupa mucho
más el oír que sólo un diez por ciento aproximadamente
de los católicos norteamericanos que pudieran solicitar anulaciones
lo hacen.
¿Qué
pasa con el otro 90 por ciento? ¿Nos lavamos simplemente las manos
ante todos esos aparentes fracasos y caídas--y la consiguiente alienación
de la Iglesia que a menudo conlleva? No. Nosotros también podemos
hacer algo por ese 90 por ciento. Si el Papado no está dispuesto
a confrontar este problema con una medida de realismo, nosotros nos atrevemos
a hablar por la mayoría de la Iglesia. Nos proponemos sugerir y
defender varias cosas que pueden ayudar a los por otra parte fieles católicos
a encontrar el camino hacia una participación plena en nuestra comunidad.
Segundas
nupcias en la Iglesia: Soluciones pastorales
Declaración
de la Mesa Directiva de la Asociación para los derechos de católicos
en la Iglesia (ARCC)
Un
gran número de los católicos norteamericanos que se apartan
de los sacramentos (y que casi nunca van a misa) lo hacen porque creen
que ellos están en "un matrimonio malo". Es decir, se divorciaron
y, sin recibir una declaración de anulación de la Iglesia,
se casaron de nuevo. Lo bueno es que probablemente ellos estén en
un "matrimonio bueno", con anulación o sin ella. Lo malo es que
nadie se ha molestado en darles esa buena noticia.
Nosotros,
los miembros de la Mesa Directiva de ARCC que, en gran mayoría representamos
una corriente principal del catolicismo americano, creemos que ya es hora
de molestarse容s decir, de informar a las personas que se han casado por
segunda vez sin haber anulado su primer matrimonio, que no deben apartarse
de la misa ni de los sacramentos. Creemos que tenemos un deber de aportar
nuestros bien fundados conocimientos sobre este asunto que, hasta el presente,
ha sido víctima de muchos malentendidos que han conducido a una
alienación innecesaria de la Iglesia, y a un diezmamiento (o, con
más precisión quizás, una cuarta parte) del número
de miembros de la Iglesia. Esto no tiene que ser así.
Algunos
sacerdotes han estado haciendo un trabajo muy bueno ayudando a las parejas
a regularizar los llamados "matrimonios irregulares" mediante el proceso
de la anulación y también fuera de ese proceso, en lo que
se llama "el foro interno". Pero muchos pastores están haciendo
esto de una manera silenciosa y oculta, lo cual es injusto para aquéllos
que no saben lo que está pasando. Todos debemos saber lo que pasa.
Como miembros de ARCC, tenemos el deber de falicitarles que lo sepan. En
el espíritu del Vaticano II, tenemos el deber de hacer que la Iglesia
funcione para todos, incluso, y sobre todo, para aquéllos que están
heridos o errantes.
Los
Padres del Vaticano II describieron a nuestra Iglesia como una Iglesia
peregrina. Con eso, querían decir que todos hemos tenido que caminar
a través de la historia, unas veces con orgullo, otras dolorosamente,
a veces andando, a veces cojeando, en nuestros esfuerzos por seguir el
evangelio y no siempre con éxito. Es un hecho que los Papas guerreros
del fin de la Edad Media y principios del Renacimiento cojearon mucho.
Algunos llevaron vidas de lujo y libertinaje, construyendo palacios para
sus amantes y dando parte de lo sobrante de las tesorerías de las
Cruzadas a sus hijos ilegítimos. Que aquellos que nunca cojearon
tiren la primera piedra.
Muchos
de nosotros cojeamos de muchas maneras. Parte de nuestra cojera tiene que
ver con nuestros matrimonios. Muchos de nosotros mismos somos hijos de
divorciados. Algunos crecimos sólo con el padre (o con la madre)
y, aunque no sabemos en realidad como hacer un buen matrimonio (porque
nunca hemos visto uno en nuestra familia), nos casamos. A veces, estos
matrimonios no duran. A veces, algunos de nosotros nos vemos abandonados,
o atrapados en un matrimonio con alguien a quien encontramos "intolerablemente
incompatible." Como Ana Thurston escribió en "Living with Ambiguity,"Doctrine
and Life 44 (1994): pág. 538, "Hay relaciones que se vuelven destructivas
para todos los participantes y donde. . . no es posible hablar de tales
matrimonios como ' simbolizantes de la unión entre Cristo y la Iglesia'".
Y por esto nos divorciamos. En un período de tres años tras
el divorcio, muchos de nosotros (tres de cada cuatro mujeres, cinco de
cada seis hombres) nos casamos de nuevo--para compañía, para
intimidad sexual y para el apoyo que el matrimonio proporciona. A veces
nos casamos con el fin de crear un hogar mejor para nuestros niños.
¿Somos nosotros una contradicción viviente al ideal católico--que
supone que ese matrimonio es para toda la vida?
No
necesariamente. Como peregrinos en una iglesia peregrina, nos levantamos
de nuevo, nos preguntamos qué hicimos mal, y lo intentamos otra
vez. No queremos vivir solos. Nos gustaría tener niños. Nos
gustaría ser buenos católicos. Y nos gustaría todavía
creer que el matrimonio es para toda la vida. El ya difunto Padre James
Young, Paulista, que trabajó mucho por abrir nuevos caminos para
los católicos divorciados y casados de nuevo en los años
después del Vaticano II, escribió en 1986: "Los casados por
segunda vez no son personas que promueven el divorcio. Casi unánimemente
profesan una gran estima por el matrimonio para toda la vida, e insisten
que ellos nunca desearían el divorcio a nadie. . . Acercarse a las
personas divorciadas es mirar a través de una ventana dolorosa la
parte escondida y oscura de la vida americana y las muchas fuerzas que
dificultan un matrimonio duradero. Para la mayoría, las segundas
nupcias es una segunda oportunidad de vivir y amar de nuevo, otra oportunidad
de salvar una vida rota". ("Catholic Remarriage", pág. 40).
Teniendo
presente todo esto, los miembros de ARCC vemos con un poco de escepticismo
la llamada del Papa Juan Pablo II a los divorciados y casados de nuevo
que "vengan a casa" en el año 2000 (invitación repetida por
muchos obispos alrededor del mundo en anticipación del Año
Júbileo). El llamamiento nos parece poco realista, quizás
incluso inconsiderado. En opinion del Papa, muchos católicos que
están divorciados y casados por segunda vez no pueden conseguir
anulaciones y, por consiguiente, según la disciplina actual de la
Iglesia, son indignos de recibir la Eucaristía. Por lo tanto, la
invitación del Papa --"Vengan a casa"--lleva una posdata sin escribir:
"Pero no esperen quedarse para la cena."
Nosotros
creemos que muchos de los divorciados y casados de nuevo pueden venir a
casa, y quedarse para la cena del Señor, la Eucaristía, sin
previa anulación de la Iglesia.
¿Por
qué? En el primer lugar, los divorciados y en segundas nupcias todavía
están en la Iglesia. Es cierto que, durante 93 años, aquéllos
que en este país volvieron a casarse después del divorcio
estaban excomulgados--de acuerdo con una norma adoptada por los obispos
americanos reunidos para el Tercer Concilio Plenario de Baltimore en 1884.
Sin embargo, en junio de 1977, los obispos americanos quitaron esa excomunión
tras reflexionar sobre el gran descenso de asistencia a la Iglesia; asusencias
que también mantenían alejados de la Iglesia a los niños
de esas familias. El Papa Pablo VI confirmó esa acción más
adelante en 1977 (Provost, pág. 147).
Ahora,
la posición oficial de la Iglesia, tal como fue promulgada por el
Papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica de 1981,
Familiaris Consortio, n. 83, es que los hombres y mujeres que están
divorciados y en segundas nupcias (sin una anulación de la Iglesia)
están "en la Iglesia," pero no "en plena comunión con Ella".
Nosotros creemos que El Papa toma esta posición porque él
desea evitar escándalo, noción basada quizás en la
opinión de que cualquier cambio en la enseñanza tradicional
de la Iglesia nos hará tropezar en la fe. No. Al contrario. Nosotros
creemos que es la incapacidad de la Iglesia de hacer algunos cambios disciplinarios
lo que ha hecho caer a un número importante de buenos católicos
en indiferencia institucional o alienación. El escándalo
real puede ser la rigidez innecesaria de algunos sacerdotes que continúan
apoyándose en lecciones que aprendieron hace 40 años en el
seminario.
De
hecho, teólogos y canonistas bien acreditados están poniendo
en tela de juicio la solidez doctrinal y la utilidad pastoral de negar
los sacramentos a muchos que han vuelto a casarse sin una anulación.
Esta prohibición sacramental, dicen algunos estudiosos de la Iglesia,
está basada en una lectura parcial (o quizás falta de lectura)
de la historia del matrimonio (y segundas nupcias) en la Iglesia.
La
Iglesia en la historia.
Como
muchos comentaristas del Vaticano II han indicado, los Padres del Vaticano
II nos dieron un nuevo punto de vista sobre la Iglesia en la historia.
Ellos vieron una Iglesia en constante crecimiento, en constante cambio,
y, al verla así, ayudaron a humanizar la Iglesia de una forma extraordinaria.
Este cambio no fue una concesión a la debilidad humana. Está
basado en la teología de la Encarnación. Dios escogió
entrar en la historia humana, y, al hacerlo así, nos dio a entender
que ser humano es algo más que aceptable. Los que desearían
que la Iglesia bendijera el hecho de que somos humanos y acepatara un tratamiento
humano al problema de segundas nupcias, citan los cambios que han ocurrido
en la enseñanza y práctica de la Iglesia acerca del matrimonio
a través de los siglos. Ellos dicen que el saber algo de esta historia
puede ayudarnos a ver las cosas en una mejor perspectiva.
Joseph
Martos es el autor de un trabajo excelente sobre los sacramentos llamado
Doors to the Sacre: A Historical Introduction to the Sacraments in the
Catholic Church. En ese trabajo, él escribe, "Durante los primeros
tres siglos de la cristiandad, los clérigos no tenían nada
que ver legalmente en asuntos de matrimonios, divorcios y segundas nupcias".
Además, añadió, "no había ninguna ceremonia
litúrgica para el matrimonio como tenían para el bautismo
y la Eucaristía". No fue hasta el año 400, más o menos,
que se les pidió a los cristianos que procuraran una bendición
eclesiástica para sus matrimonios. (Es interesante notar que los
únicos obligados a hacer eso eran los obispos, sacerdotes y diáconos
casados). La opinión más compartida es que la idea de matrimonio
como un sacramento fue propuesta primero por San Augustín, el primer
y único autor patrístico que escribió extensamente
sobre el sexo y el matrimonio. Aún después de San Augustín,
hasta el siglo séptimo, "los cristianos todavía podían
casarse en una ceremonia totalmente secular. "El matrimonio fue declarado
sacramento por primera vez en el Sínodo de Verona en 1184. La Iglesia
no consideró el matrimonio como definitivamente indisoluble hasta
el Concilio de Florencia en 1439. (Martos, págs. 409-34).
En
cuanto a la indisolubilidad, los cristianos siempre han sido conscientes
de lo que se cree que Jesús dijo sobre el divorcio, pero no estamos
muy seguros de lo que esas palabras significan. Uno de los expertos católicos
más importante de la Biblia, Raymond F. Collins, dice que hay ocho
versiones de las enseñanzas de Jesús sobre el divorcio, y
que no hay ninguna manera fácil de identificar cuál de ellas
refleja la enseñanza en su forma original. (Divorce in the New Testament,
págs. 213-14).
Quizás
esto sea una cosa buena. En su esencia, las enseñanzas de Jesús
se referían especialmente a la libertad. Cuando habló de
la ley, lo hizo generalmente para insistir que vivamos según su
espíritu y no su letra. El grupo contra quien arremetió con
más fuerza fue el de los fariseos que insistían que todos,
incluso el propio Jesús, siguieran la letra de la ley. Cuando esos
fariseos reprocharon a Jesús por sanar a un hombre en el Sábado,
él respondió con gran sentido preguntando: "¿Fue el
hombre creado para el Sábado, o el Sábado para el hombre?"
Al
pasar los siglos, gran número de buenos cristianos se han inclinado
por un modelo rebaladizo de interpretar más de lo debido "la palabra
del Señor," usando sus palabras de manera que oscurecían
la declaración de Jesús que él había venido
para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia. ¿Fueron
las palabras de Jesús sobre el divorcio prescriptivas? Según
muchos eruditos católicos, probablemente no. El propio San Pablo
hizo una excepción. Al pasar el tiempo, otros líderes de
la Iglesia (incluyendo algunos de los Padres de la Iglesia) reflexionaron
sobre las palabras de Jesús. Las interpretaciones se multiplicaron
rápidamente. Inevitablemente, estas interpretaciones estaban condicionadas
por los tiempos en que se hicieron.
Las
palabras de Jesús en San Mateo 5:32 y 19:9 fueron interpretadas
por exégetas de la Iglesia primitiva como justificantes del divorcio
en el caso de adulterio. Esas líneas permitían al esposo
inocente volver a casarse. Pero los líderes de la Iglesia primitiva
usaron injustamente esa interpretación. El concilio local de Elvira
en España en los primeros años del siglo IV, prohibió
que una mujer volviera a casarse si dejaba a un esposo infiel, pero no
dijo nada sobre el hombre en la misma situación. En el Oriente,
Basilio de Cesarea escribió en el año 375 que una mujer abandonada
injustamente por su marido sería considerada adúltera si
ella volvía a casarse, pero un hombre igualmente abandonado injustamente
por su esposa podría ser perdonado si él volvía a
casarse. Por otra parte, algunas eruditas feministas de hoy día
afirman que la prohibición de Jesús contra el divorcio estaba
condicionada culturalmente; su condenación del divorcio fue un esfuerzo
para neutralizar el abuso que observó entre los hombres judíos
de su tiempo quienes al divorciarse de sus esposas las incapacitaban automáticamente
para otro hombre, porque, nos dicen, ningún judío con un
mínimo de respeto propio se casaría con una mujer divorciada.
Es
interesante notar cómo las iglesias Ortodoxas Orientales, donde
los hombres casados pueden ser sacerdotes (pero no obispos), desarrollaron
sus propias tradiciones. Ellos tienen una tradición muy antigua
que afirma que un matrimonio válidamente contraído sólo
puede deshacerse por la muerte física. No obstante, estas iglesias
reconocen el divorcio en caso de discordia matrimonial intolerable que
consideran un tipo de muerte. Según Lewis J. Patsavos, un canonista
del Seminario Ortodoxo griego de la Santa Cruz en Brookline, Massachusetts,
las Iglesias Ortodoxas no disuelven un matrimonio muerto. Más bien,
las Iglesias "reconocen formalmente que el matrimonio legítimo carece
de base y se ha disuelto ipso facto". Los Ortodoxos Orientales consideran
el divorcio y segundas nupcias como una excepción, no la regla,
pero cuando aceptan el dicorcio lo hacen, según Patsavos, en imitación
de "la misericordia y comprensión ejercidas por Nuestro Señor
tan profusamente durante su vida."
La
Iglesia Occidental ha tomado una vía diferente, particularmente
desde el Concilio de Trento (1545-1563) que proclamó reglas y normas
que habrían sido irreconocibles para los miembros de la Iglesia
primitva, tanto del oriente como de occidente. Desde Trento, la Iglesia
ha proclamado públicamente la indisolubilidad del matrimonio, junto
con un gran cuerpo de leyes sobre el matrimonio, y un gran aparato legal
correspondiente para implementarlo. Mientras tanto, los Papas han estado
concediendo divorcios a todos, excepto a los católicos.
Más
de 400 años después de Trento, algunos de los Padres del
Segundo Concilio Vaticano (1962-1965), examinaron muchos de los legalismos
de Trento, y el propio Concilio produjo dieciséis documentos que
encaminaron a la Iglesia en una nueva dirección pastoral. Anómalamente,
el aparato legal de la Iglesia sobre el matrimonio permaneció intacto,
posiblemente debido a una renuencia en desafiar lo establecido en los últimos
400 años. Esa situación, sin embargo, está cambiando.
Obispos de todo el mundo (por ejemplo, los obispos de Japón) ha
estado requiriendo normas menos estrictas que las enunciadas por el Papa
Juan Pablo II en apoyo de la revisión del Código de Derecho
Canónico en 1983. En 1994, tres obispos alemanes con altos cargos
jerárquicos escribieron una carta conjunta a sus fieles diciendo
que estaban reexaminado la cuestión de las segundas nupcias. No
argumentaron en contra de la enseñanza oficial de la Iglesia referente
al aspecto sacramental del matrimonio por vida. Lo que sí dijeron
es que debería haber "espacio para una cierta flexibilidad pastoral
en casos individuales y complejos". ("Pastoral Ministry: The Divorced and
Remarried", págs. 670-73).
Este
punto de vista es compartido por un buen número de teólogos
y canonistas católicos americanos, según la Religiosa Margaret
Farley, RSM, en su "Divorce, Remarriage and Pastoral Practice", en Moral
theology, Challenges for the Future:
. .
. [L]a polarización entre las opiniones de muchos teólogos
y canonistas por una parte y las posiciones tradicionales asumidas por
oficiales del Vaticano por otra, parece ahora extremada. La percepción
de una necesidad de cambio proviene de la sólida experiencia contemporánea
de la cultura occidental sobre la deteriorización de las relaciones
matrimoniales así como de un reconocimiento gradual de las legítimas
diferencias que existen acerca de las interpretaciones multiculturales
del matrimonio y de la familia (pág. 213).
En
su ensayo, Sor Farley se refiere a varios teólogos y a una variedad
de prácticas pastorales que "se inclinan fuertemente en la dirección
de permitir poner término a los esfuerzos por salvar la unión
matrimonial (primer matrimonio) y apoyar otros esfuerzos (en nuevos matrimonios)
con la plena participación en la vida sacramental de la iglesia".
La
mayoría de los católicos norteamericanos, practicantes o
no, no están al día en estas materias. Ellos no leen artículos
en las revistas teológicas, la prensa secular no trata estos temas
y, además, están bien entrenados en aprender de Roma, y sólo
de Roma, sobre los temas matrimoniales en cuestión.
¿Qué
deberían hacer los católicos? Primero, necesitamos evolucionar
y crecer. Muchos de nosotros hemos aceptado demasiado fácilmente
las prohibiciones enunciadas en las leyes de la Iglesia, y estamos tan
acostumbrados a hacer lo que nos dicen en materias de disciplina de la
Iglesia que nos es muy difícil tomar decisiones propias. Y debiéramos
tener presente que las leyes de la Iglesia relativas al matrimonio son
cuestión de disciplina, no del dogma. Una manera de crecer espiritualmente
es saber distinguir entre disciplina (que es reformable) y dogma (que no
lo es) para poder afirmar lo que creemos ser nuestros derechos.
¿Cuáles
son nuestros derechos? En la cuestión de segundas nupcias, tenemos
el derecho de buscar una anulación. Cuando tenemos problemas con
el proceso de anulación, nosotros también tenemos el derecho
(y la obligación para nosotros y nuestras familias) de explorar
otras alternativas.
El
proceso de la anulación.
El
proceso es algo más largo de lo que era, gracias a algunas nuevas
condiciones introducidas en el Código de Derecho Canónico
de1983. Desde entonces, las decisiones de cualquier tribunal están
sujetas a una revisión automática por otro tribunal de apelación様o
que conduce por supuesto a más retrasos. En otros respectos, el
nuevo Código hace el proceso de anulación más fácil.
Los tribunales pueden admitir más facilmente el testimonio de la
persona que busca la anulación, a veces incluso sin el testimonio
del otro esposo. Los tribunales están haciendo uso más y
más frecuentemente de un impedimento llamado "falta de discreción
debida" en el momento de matrimonio. Muchos matrimonios fallidos pueden
caer bajo esta rúbrica. Bajo ésta, y otras 13 causas de nulidad,
los tribunales diocesanos americanos están solicitando de Roma,
y recibiendo, unas 58.000 anulaciones cada año.
Los
oficiales del Vaticano han dicho, según informes recibidos, que
58.000 anulaciones por año es "un número demasiado elevado".
Nosotros no estamos seguros de qué quiere decir eso de "un número
demasiado elevado". Históricamente, las anulaciones de la Iglesia
eran raras. Hasta una fecha tan reciente como mediada la década
de 1960-70, por ejemplo, sólo unos cientos de anulaciones tenían
lugar en todo el mundo. En 1996, sin embargo, la Iglesia concedió
unas 72.000 anulaciones por todo el mundo (el 80 por ciento de ellas a
católicos americanos). ¿Demasiados? En términos humanos,
como evidencia de que hay algo profundamente equivocado en los modelos
presentes de amor y matrimonio en la sociedad americana, creemos que sí,
que tantas anulaciones son preocupantes. Sin embargo, nos preocupa mucho
más el oír que sólo un diez por ciento aproximadamente
de los católicos norteamericanos que pudieran solicitar anulaciones
lo hacen.
¿Qué
pasa con el otro 90 por ciento? ¿Nos lavamos simplemente las manos
ante todos esos aparentes fracasos y caídas--y la consiguiente alienación
de la Iglesia que a menudo conlleva? No. Nosotros también podemos
hacer algo por ese 90 por ciento. Si el Papado no está dispuesto
a confrontar este problema con una medida de realismo, nosotros nos atrevemos
a hablar por la mayoría de la Iglesia. Nos proponemos sugerir y
defender varias cosas que pueden ayudar a los por otra parte fieles católicos
a encontrar el camino hacia una participación plena en nuestra comunidad.
La
ambivalencia de ARCC.
Nosotros,
como miembros de ARCC, tanto laicos como clérigos, nos sentimos
ambivalentes ante el proceso de la anulación. En primer lugar, el
tipo de teología laberíntica que marca las complejidades
del proceso puede convertir a la Iglesia en el hazmerreír de la
gente. Sheila Rauch Kennedy, anglicana, expresó los sentimientos
de muchos católicos cuando escribió su libro colmado de furia,
Shattered Faith, atacando a su marido, Joseph Kennedy, y a la Iglesia católica
por conspirar en lo que ella juzgó ser un proceso de anulación
engañoso. Sheila (y sus niños) obviamente creían que
había habido un verdadero matrimonio. Ella se preguntó cómo
la Iglesia pudo atreverse a decir que tal matrimonio no había existido.
Ella también creyó que una anulación de la Iglesia
convertiría a sus hijos en ilegítimos. Ésta es una
noción común, pero falsa. Las acciones de la Iglesia en estos
casos預 pesar de todas las sutilezas legales del derecho canónico--no
tienen nada que ver con la legitimidad de un niño ante el derecho
civil. Sin embargo, creemos que la ambigüedad generada por el proceso
de anulación hace dudar de la honradez y sinceridad de la Iglesia.
Haciéndonos eco de un antiguo presidente americano, podríamos
decir que "Nosotros no somos malos." ¿Pero quién cree eso?
Además,
insistir que en cada caso se siga el proceso de la anulación "puede
incluso ser inmoral". Esta cita proviene del franciscano Barry Brunsman,
autor de New Hope for Divorced Catholics. ¿Por qué es inmoral?
Porque es un proceso que sólo puede beneficiar a un porcentaje diminuto
de los católicos del mundo. Hay diócesis en muchas naciones,
dice el Padre Barry, que ni siquiera tienen tribunales diocesanos. Algunas
diócesis americanas no tienen tribunales competentes, y aún
los tribunales competentes y buenos pueden procesar solamente una porción
mínima de los casos en su área. Esto se debe a que carecen
del tiempo y del personal necesarios para llevar a cabo el trabajo requerido,
o porque muchos que califican para las anulaciones no hablan inglés,
o no tienen la educación necesaria para rellenar los formularios
y juntar los documentos requeridos, o no se matienen al corriente de un
proceso que puede durar meses, y a menudo años. El Padre Barry dice
que hay ahora por lo menos 9 millones de católicos americanos en
segundos matrimonios, y este número va aumentando cada año.
Él se pregunta cómo puede la Iglesia hacer obligatorio un
proceso que es tan imposible para muchos. Según un principio moral
bien establecido, nadie está obligado a hacer lo imposible.
Sin
embargo, cuando el proceso de la anulación se hace apropiadamente,
puede ayudar a aquéllos que tienen el ingenio para entenderlo (y
la fortaleza de completarlo). El proceso fuerza a quienes lo han vivido
a pensar más en serio sobre quiénes son, de donde han venido
y adonde van. Y puede ayudarles a continuar sus vidas con más sabiduría.
Incluso podrían sentirse más seguros porque tendrán
una declaración escrita que les asegura a ellos mismos, a su familia
y amigos y a la comunidad católica que han hecho las cosas bien.
Los católicos de hoy día también podrían sorprenderse
agradablemente (según donde vivan) al ver que las personas de los
tribunales de sus diócesis han encontrado maneras de hacer el proceso
de anulación menos penoso, más amable e incluso un poco más
fácil de lo que en un tiempo fue.
El
problema es que, aún en los lugares donde todo está al corriente,
las declaraciones de nulidad todavía toman demasiado tiempo. Quizás
este sea el fin deseado: hacer el proceso difícil puede desanimar
a muchos a iniciarlo. ¿Pero es esta una posición apropiada
para la Iglesia? Nos gustaría sentirnos miembros de una Iglesia
que continúa intentado imitar a Nuestro Señor quien insistió
que había más alegría en el cielo por un pecador arrepentido
que por los noventa y nueve que nunca se alejaron. Al hijo pródigo
no lo dejaron esperando fuera de la verja; su padre salió corriendo
al camino para darle la bienvenida. Nosotros no creemos que debemos poner
un límite (o un período de espera) a nuestro amor y aceptación
de nuestros pródigos, nuestros propios compañeros peregrinos.
Si todavía creen, deberían intentar seguir viviendo como
católicos, lo mejor que puedan, incluso--y sobre todo--en su segundo
matrimonio. Antes, el proceso de anulación tardaba años,
a veces incluso décadas. Hoy día, algunos todavía
deben esperar 18 meses, o más, para una decisión. Creemos
que ningún católico, de fe sincera, debiera tener que esperar
18 meses para recibir la Eucaristía.
Los
miembros de ARCC sabemos que hay soluciones pastorales disponibles para
los que están esperando una anulación, soluciones que también
pueden aplicarse a aquéllos que son divorciados y casados de nuevo,
pero que no pueden (o no quieren) iniciar el proceso. En el resto de este
ensayo, presentaremos esas soluciones pastorales para ayudar a los católicos
que se hallan en los denominados "matrimonios irregulares" a resolver sus
dilemas morales, solos, o aún mejor, con la ayuda de sus pastores
o consejeros que pueden guiarlos en sus esfuerzos para discernir su situación
en el Cuerpo de Cristo.
La
solución del Foro Interno.
Hay
una solución pastoral que es compasiva, razonable, y teológicamente
sólida. Se llama la "solución del foro interno". ¿Nunca
ha oído hablar de él? No nos sorprende. Es uno de los secretos
mejor guardados en la Iglesia católica. Los sacerdotes de la parroquias
lo usan todo el tiempo de forma secreta, incluyendo, a veces, el confesionario.
Por esto se llama "el foro interno". (El foro externo es el proceso de
anulación que acabamos de describir).
El
foro interno es algo privado, algo que nosotros ejercemos en oración
y reflexión sobre el estado de nuestras propias conciencias. Para
lograrlo tal vez necesitemos la ayuda de un sacerdote, dentro o fuera del
sacramento de reconciliación. A veces, tal vez solicitemos la opinión
de un terapeuta, o de otra pareja católica, o de miembros de nuestras
propias familias.
El
Padre Barry dice que la solución del foro interno cae bajo la ley
del Derecho Canónico.
Parafraseando
el canon 1116 del Código de Derecho Canónico de 1983, dice:
. .
. [S]i una persona tiene el derecho de casarse ante Dios pero no puede
conseguir acceso a la autoridad apropiada dentro de un mes, pueden usar
cualquier autoridad, incluso sólamente la de dos testigos. Esto
es lo que se denomina el canon de "la isla deshabitada". Se usa a menudo
cuando dos católicos se encuentran en una área sin sacerdotes
debido a persecución política o lejanía geográfica.
Algunos abogados canónicos también aplican este canon al
caso de una pareja que viva próxima a la casa parroquial y que tenga
el derecho de casarse ante Dios pero que el sacerdote se negase a casarlos.
(New Hope for Divorced Catholics, pág. 81).
El
Padre Barry cree que tal matrimonio puede considerarse que está
dentro de la Iglesia. Él es únicamente uno de los muchos
sacerdotes y obispos con orientación pastoral que mantienen este
punto de vista. Citan también el principio moral de epikeya, un
tipo de virtud de sentido común que nos dice cuando la ley se aplica
y cuando no. Los católicos americanos están, en su mayoría,
poco familiarizados con este concepto. Estamos acostumbrados a que nos
den toda la comida ya masticada. La epikeya nos dice que no debería
ser así. Epikeya es la versión de la Iglesia del refrán
popular, "Ésta es la ley; ahora use su sentido común".
Aquéllos
que leen la prensa católica ciertamente saben que en este país
hay una división entre los sacerdotes y obispos que siguen la ley
en sentido literal y aquéllos otros que, a veces, optan en cambio
por el sentido común. Algunos no saben que ha habido recientemente
muchas contiendas bajo la superficie sobre cuestiones del foro interno
entre nuestros sacerdotes y obispos, enfrentando por un lado a los que
interpretan la ley en sentido estricto y, por el otro, a los que siguen
el sentido común. Incluso podemos citar algunos casos recientes
que han salido al público.
Ejemplos:
En junio de 1972, el Obispo Robert Tracy de Baton Rouge, Louisiana, invitó
a los matrimonios de su diócesis a que regresaran a los sacramentos
si estaban convencidos que estaban verdaderamente casados y que sus matrimonios
anteriores no fueron válidos o simplemente se habían extinguido--incluso
sin una decisión del tribunal diocesano. Tenemos entendido que en
ese momento otros obispos del país (en Boise, Idaho, y Portland,
Oregón, para nombrar sólo dos) también estaban admitiendo
a una vida eucarística plena a aquellas parejas que estaban ejerciendo
la solución del foro interno sugerida por el Obispo Tracy.
Esta
situación era intolerable para el Cardenal de Filadelfia John J.
Krol, presidente de los obispos americanos. Él anunció que
estaba llevándose a cabo un estudio de esta cuestión por
la recientemente formada Conferencia Nacional de Obispos Católicos
(NCCB) y por la Santa Sede. Él se refirió a una carta de
Roma que decía que, hasta que la materia se decidiera en Roma, "las
diócesis no deben iniciar procedimientos contrarios a la disciplina
actual". En septiembre de 1972, la dirección administrativa de la
NCCB envió los resultados de su estudio sobre esta cuestión
a Roma.
El 11 de abril de 1973, el Cardenal Franjo Seper, presidente de la Congregación
para la Defensa de la Fe (CDF) en Roma, contestó al presidente de
la NCCB. Se refirió al peligro de cualquier movimiento nuevo (aunque
no mencionó el nombre del Obispo Tracy) que socavaría la
enseñanza de la Iglesia acerca de la indisolubilidad del matrimonio.
En otras palabras, él dijo que Roma no aprobaría ningún
cambio en "el foro externo". Pero a continuación urgió a
los sacerdotes a que atraigan de nuevo a los sacramentos a los católicos
divorciados y en segundas nupcias "aplicando la práctica del foro
interno aceptada por la Iglesia". ¿Qué quiso decir el Cardenal
Seper con esta "práctica aceptada?" Tal vez estaba pensando en lo
que vino a ser el Canon 1116. O tal vez él simplemente pudo haber
sido consciente de que los teólogos morales durante siglos han defendido
la solución del foro interno, según el principio de la epikeya.
La
dirección de la Conferencia Nacional de Obispos católicos
en este país (NCCB) quería algo más claro. ¿A
qué se refería el Cardenal Seper con "la práctica
aceptada por la Iglesia?" El 21 de marzo de 1975, el Arzobispo Jerome Hamer,
OP, secretario de la CDF, entregó esta respuesta al Cardenal Joseph
Bernardin, sucesor del Cardenal Krol en la presidencia de la NCCB: " ..
. [L]a frase debe entenderse en el contexto de la teología moral
tradicional. Estas parejas puede recibir los sacramentos con dos condiciones,
que intenten vivir según los requisitos de los principios morales
cristianos y que reciban los sacramentos en iglesias en las que ellos no
sean conocidos para no crear ningún escándalo."
En
otras palabras, siguiendo sus propias conciencias bien informadas, según
el Arzobispo Hamer, aquéllos en segundas nupcias podrían
volver a participar plenamente en la Eucaristía. (Él no dijo,
ni podría dar a entender, "sólo aquéllos que estén
viviendo como hermano y hermana pueden recibir la comunión". Si
una pareja no tiene relaciones sexuales, por qué iba nadie a pensar
que era escandaloso si ellos tomaban la comunión?) Pero, dijo el
Obispo Hamer, estas parejas en matrimonios irregulares no deben alterar
las conciencias de otros haciendo alarde de su situación. Para recibir
la Eucaristía, ellos podrían muy bien asociarse con otra
parroquia.
Sin
embargo, hubo una facción entre los obispos americanos que intentaron
conseguir una aprobación del Vaticano sobre unas normas aún
más explícitas. En 1977, un comité de la NCCB escribió
algunos procedimientos uniformes con respecto al foro interno y propuso
que todas las materias relativas a él fueran aprobadas por el obispo
o por su delegado quienes deberían concluir con una certeza moral
que las parejas en cuestión realmente estaban recusando la validez
de sus primeros matrimonios antes de que pudieran ser admitidos a los sacramentos.
El Vaticano se negó a ello indicando que los tribunales diocesanos
ya estaban proporcionando esta certeza moral "en el foro externo". Pedirle
a un obispo que aprobara aplicaciones particulares del foro interno en
realidad era un intento de convertir el foro interno en algún tipo
de foro externo. Por querer mantener ambos foros separados, el Vaticano
acabó dándoles más libertad a los católicos
americanos de la que el comité de la NCCB quería concederles.
Como
miembros de ARCC aplaudimos este paso del Vaticano para conservar el foro
interno. Hubiéramos estado satisfechos viendo a los católicos
seguir "la práctica aceptada por mucho tiempo por la Iglesia en
el foro interno", como fue citada por el Cardenal Seper y el Arzobispo
Hamer en sus respuestas en nombre de la CDF. Pero nos causa malestar la
agregada advertencia de que las parejas que usan la solución del
foro interno deben recibir los sacramentos en iglesias donde no sean conocidos,
"para que no creen ningún escándalo". Estamos en contra de
esa estrategia. ¿Qué crearía el escándalo?
¿El espectáculo de ver una pareja feliz que va a comulgar?
¿O la idea que aquéllos que les vean ir a comulgar van a
concluir que la Iglesia ha cambiado sus enseñanzas en lo que toca
a la durabilidad y fidelidad en el matrimonio?
En
sus "Notes on Moral Theology 1995, Pastoral Care of the Divorced and Remarried,
el Padre Kenneth R. Himes y el Padre James A. Coriden niegan tal implicación:
"Ni siquiera muchos católicos que han sufrido el tormento del divorcio
están a favor de que la Iglesia cambie su enseñanza sobre
la durabilidad y fidelidad en el matrimonio. Lo que ellos buscan es comprensión
y apoyo para sí mismos y para otros en la misma situatción
cuando la realidad de su vida no alcance la belleza y la verdad de la enseñanza".
Y añaden: En la respuesta de la CDF... no se aduce ninguna evidencia
para calibrar el riesgo de escándalo que resultaría de permitir
a los casados en segundas nupcias recibir la Eucaristía. Por consiguiente,
es por lo menos igualmente creíble que "el rechazo general de los
sacramentos a las personas divorciadas que han vuelto a casarse es causa
de escándalo porque debilita el testimonio que la Iglesia debe dar
de la compasión y del perdón de Cristo". (Himes y Coriden,
pág. 118, citando al teólogo moral Kevin Kelly, en "Divorce
and Remarrigae in the Church)" The Tablet 248 (1994) pág. 1374).
Además,
sospechamos que el recibir la Eucaristía clandestinamente daña
psicológicamente a la pareja en cuestión que actúa
en buena conciencia. La Eucaristía es parte de una celebración
comunitaria. La pareja necesita la aceptación y la aprobación
de la comunidad, es decir, del pueblo de Dios. Si la pareja no experimenta
esa aprobación--testamento que fomenta una fe en el amor omnipotente
de Dios, una fe que se enfoca en el poder de Dios para recrearnos a todos様es
será muy difícil mantenerse fieles el uno hacia el otro,
y ambos hacia la Iglesia.
El
difunto Monseñor Stephen Kelleher, presidente en su día del
tribunal diocesano para la Archidiócesis de Nueva York, parece estar
de acuerdo con esta posición cuando escribió sobre el foro
interno (lo que él llamó la solución "Bienvenidos
a casa".)
Estoy
convencido de que, una vez que un matrimonio se vuelve irrevocablemente
intolerable y existencialmente muerto, cada uno de los esposos, sea cual
sea su religión, tiene un derecho claro a divorciarse, a casarse
por segunda vez y a ser aceptado en la comunidad religiosa que escoja.
Para el católico, esto quiere decir principalmente que será
bienvenido a celebrar la Eucaristía plenamente, a recibir la Comunión
exactamente igual que otros católicos.... La solución Bienvenidos
a Casa es la única solución humana y cristiana durante nuestro
tiempo en la historia. "Divorce and Remarriage for Catholics", pág.
190.
El
punto cenral de todo esto es que ha habido un movimiento liberalizante
dentro de la Iglesia--donde muchos teólogos y abogados de derecho
canónico urgen un enfoque más realista, más pastoral
al problema de primeras y segundas nupcias, mientras que los proponentes
de una solución más legalista (no siempre el Papa y sus consejeros
en Roma) defienden la enseñanza antigua , un decreto del Concilio
de Florencia en 1439. Las autoridades aceptadas, somo se decía en
libros de texto de teología moral, están divididas.
No
hay nada nuevo bajo el sol. Casi lo mismo sucedió durante los debates
sobre el control de la natalidad en los años sesenta, cuando la
propia comisión de Papa se reunió durante un período
de cuatro años para reconsiderar la prohibición tradicional
anticonceptista de la Iglesia. La enseñanza Papal no era tan antigua;
se remontaba a 1930. La comisión recomendó un cambio del
punto de vista tradicional según el cual el anticoncepcionismo era
siempre pecado. Pero el Papa Pablo VI respondió en su encíclica
Humanae Vitae de 1968 reafirmando la enseñanza de tres Papas anteriores.
Para entonces, tras cuatro años de un debate mundial acalorado,
muchos católicos ya habían decidido por sí mismos.
Si la contracepción era inmoral, entonces el Papa no podría
dar permiso a las parejas para emplearla. Si no lo era, entonces ellos
no necesitaban su permiso. Tomaron esta decisión con seguridad y
confianza siguiendo una tradición, muy duradera en la Iglesia, llamada
probabilismo. Si los católicos encuentarn opiniones diferentes en
la Iglesia sobre cualquier problema moral, con autoridades sinceras en
lados opuestos, ellos no tienen obligación de seguir el punto de
vista más estricto--porque la ley está realmente "en duda."
Y las leyes dudosas no obligan. Véase Kaiser, The Politics of Sex
and Religion, pág. 215.
Pero
Roma sigue insistiendo en su opinión rigurosa con respecto a los
católicos en segundos matrimonios. En fecha reciente, 1997, el Papa
Juan Pablo II y su principal asesor teológico, el Cardenal Josef
Ratzinger, dijeron que quienes viven en una unión irregular sólo
podrían recibir los sacramentos si vivían "como hermano y
hermana". En otras palabras, si hacer el amor. En esta materia, creemos,
junto con un muchos moralistas católicos buenos, que el Papa y su
asesor han olvidado tal vez las nuevas percepciones psicológicas
y teológicas sobre el matrimonio logradas durante el Concilio. Para
los Padres del Vaticano II, hacer el amor constituye el punto central del
matrimonio cuando escribieron, "Este amor, que une lo humano y divino,
lleva a los esposos a una libre y mutua entrega de sí mismos. .
.. Este amor empapa todas sus vidas. En realidad, mediante su generosa
actividad, crece mejor y se engrandece".
Esto
formaba parte de un capítulo sobre el matrimonio en el documento
preeminente del Concilio, Gaudium et Spes, un pasaje que censuró
la noción que veía el matrimonio principalmente como un contrato
legal con énfasis en la propiedad privada y la herencia. Como un
sacramento en Cristo, el matrimonio es un intercambio mutuo completo, cuerpo
y alma. Los Padres de Vaticano II dieron énfasis al carácter
profundamente humano del amor entre casados que tiene "matices afectivos
que enriquecen las expresiones de cuerpo y mente con una dignidad única
y que ennoblece estas expresiones como ingredientes especiales y señales
de la amistad distintiva del matrimonio. Este amor se expresa singularmente
y se perfecciona a través del acto conyugal". La palabra "singularmente"
es una traducción del latín singulariter, palabra que no
quiere decir que el amor conyugal se exprese y complete únicamente
mediante el acto matrimonial. Quiere decir que el acto conyugal lo consigue
por encima de todos los otros actos y de manera más típica
del amor que expresa y completa. Además, los Padres del Concilio
advirtieron a las parejas de no romper el amor y la intimidad cuando "se
encuentren en circunstancias donde, al menos temporalmente, el tamaño
de sus familias no deba aumentarse".
En
otras palabras, los Padres del Concilio dijeron que hay algo especial y
bueno en el amor carnal entre los casados. De hecho, como dijo San Pablo
en su primera carta a los Corintios, hay algo malo si uno está casado
y no hace el amor. Las personas casadas saben esto. Los sacerdotes casados
en los ritos Orientales lo saben. El clero protestante lo sabe. Si algunos
sacerdotes y obispos no lo saben, los casados tienen el deber de ayudarles
a comprenderlo.
Algúnos
consejos prácticos.
Supongamos
que los fieles católicos tiene suficiente madurez para emplear la
solución del foro interno. He aquí cómo funciona.
Supongamos que Tom estuvo casado, pero se divorció, y luego volvió
a casarse. Supongamos que él se casó con una católica.
Vamos a llamarla Matilde. O quizás, Matilde y él no se han
casado todavía, pero quieren hacerlo. Tom y Matilde todavía
creen en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y la tierra, y en
Jesús Cristo, su único hijo, Nuestro Señor que nació
de la Virgen María, fue crucificado bajo Poncio Pilato, y así
sucesivamente. En otras palabras, ellos son todavía católicos.
Ellos sienten la necesidad de estar bien con Dios y quieren compartir la
celebración Eucarística en su comunidad católica.
Pero
ellos tienen esto del divorcio y segundo matrimonio, y quieren la bendición
de la Iglesia, pero, por cualquier razón, no pueden--o no quieren--llevar
a cabo el proceso de la anulación. (Algunos, por ejemplo, sienten
que el proceso es humillante, o una invasión de su vida privada,
y otros no pueden pagar las cuotas legales, aunque no son excesivas). Lo
importante es que, en el fondo, tienen una conciencia clara y limpia sobre
este segundo matrimonio.
Quizás
nos hayamos apresurado con esta conclusión. ¿Cómo
saben Tom y Matilde que su conciencia está clara? Porque saben que
el primer matrimonio de Tom está muerto, y que no hay ninguna posibilidad
de dar marcha atrás. Tom se siente mal por el fracaso de su primer
matrimonio, Tom está cumpliendo sus obligaciones legales con los
niños de su primer matrimonio, y ambos creen firmemente que vivirán
una vida cristiana mejor en este segundo matrimonio, y Tom ni soñaría
abandonar a Matilde así como Matilde ni soñaría dejar
a Tom. Ellos creen que este matrimonio es bueno, y, en su opinión,
es lo que Dios quiere para ellos en estos momentos.
Los
abogados de derecho canónico que nos instan a usar con más
frecuencia la solución del foro interno hacen una clara distinción
entre dos tipos de segundas nupcias: 1) un matrimonio que fue "inválido"
pero cuya invalidez es difícil de demostrar ante un tribunal diocesano,
y 2) uno que fue válido pero que ahora está muerto, y tan
inservible como los prismáticos para un ciego. Como dice un párroco
en el libro de James Bowman Bending the Rules, "las personas saben que
hubo un [primer, válido] matrimonio. Pero no hubo suficiente Dios
en él para hacerlo durar por vida". En la práctica, estas
distinciones no significan nada para aquéllos que tienen que tomar
una decisión en buena conciencia. Tom y Matilde todavía tienen
que decidir en sus propias mentes que lo que están haciendo es lo
mejor. Probablemente ellos no tengan la suficiente perspicacia legal para
deducir cuál de las 14 causas de nulidad de la Iglesia sería
aplicable en el caso de Tom. Pero saben cuando el primer matrimonio está
muerto. Casi desde el principio, las iglesias Ortodoxas Orientales han
continuado abrazando a sus hijos e hijas que han experimentado varias formas
de matrimonios muertos. Pero puede haber más de un tipo de matrimonios
muertos.
Muerte
moral. La muerte moral tiene lugar cuando el amor de uno de los esposos
se destruye o desaparece por sí mismo después de algún
tiempo. Ciertas acciones humanas pueden destruir el amor. Cosas como un
incesto, asesinato, violencia, o traición pueden causar que el amor
se cambie en repulsión. Un esposo puede desaparecer, alejarse durante
mucho tiempo (en cuerpo o en espíritu), o zambullirse en el alcoholismo,
abuso de droga o una unión homosexual. En estos casos, los asesores
aconsejan cautela y mucho discernimiento. Ellos preguntan si ha habido
una muerte real o meramente agotamiento, pérdida temporal de esperanza,
o severa indignación--condiciones que podrían ser curadas
con sesiones de asesoramiento, o con el paso del tiempo, o con eventos
que provocan un cambio radical en la relación de la pareja.
Muerte
psicológica. Hay algunos desórdenes de la mente o del cerebro
para los que no hay ninguna cura--la enfermedad de Alzheimer, por ejemplo,
o los efectos permanentes del abuso de droga. En la Iglesia Occidental,
los esposos en perfecta salud de personas terminalmente enfermas tienen
gran dificultad en persuadir a sus pastores para aplicar esta norma, o
en darse a sí mismos la libertad de hacerlo sin sentirse de algún
modo culpables de traición, incluso cuando continúan cuidándose
del esposo enfermo. Pero los cristianos ortodoxos no tienen tal problema.
Sus obispos pueden y declaran tales matrimonios muertos, y presiden en
las segundas nupcias.
Muerte
política. La muerte política tiene lugar cuando una persona
es llevada a la esclavitud, sentenciada a un encarcelamiento de por vida,
o escoge una carrera política que aleje permanentemente al individuo
del matrimonio. Esta teoría se usó en los EE.UU. durante
el tiempo de la esclavitud. Muchos esclavos de amos irlandes o franceses
deseaban hacerse católicos. Basándose en la teoría
de muerte política, Roma dio permiso de bautizar y casar en la Iglesia
a aquéllos que habían estado casados en Africa, pero que
se encontraban prácticamente separados para siempre de sus esposos.
Cuando
Tom y Matilde se sientan seguros de que en su opinión el primer
matrimonio de Tom está verdaderamente muerto, pueden proceder de
varias maneras diferentes.
Si
ya están casados por segunda vez:
1)
Ellos pueden asistir simplemente a misa y decir con todos los demás
en la congregación, "Señor, yo no soy digno de que vengas
a mí, pero di una palabra y quedaré sano". Y después
ir a recibir la comunión, y a encontrar en la presencia sacramental
de Cristo el consuelo que siempre ha querido que tengan, desde que presidió
la Última Cena y dijo a los Apóstoles, "Hagan esto en memoria
mía". Hoy en día, los sacerdotes y ministros de la Eucaristía
raramente se negarán a dar la comunión a cualquiera. El canon
915 dice que sólo a aquéllos que "obstinadamente persisten
en grave y manifiesto pecado" debe negarse la Eucaristía. Es imprudente
que ningún ministro de la Eucaristía haga esta determinación.
Ellos deben saber que los católicos tienen el derecho a la Eucaristía
que es la esencia de nuestra fe.
Dos
abogados americanos de toda confianza de derecho canónico, el difunto
Monseñor Stephen J. Kelleher y el Padre Lawrence G. Wrenn que en
un tiempo presidieron los tribunales en la Archidiócesis de Nueva
York y la Diócesis de Hartford, Connecticut, respectivamente, han
mantenido que todos los católicos (incluso uno cuyo primer matrimonio
ha muerto) retienen el derecho de casarse y el derecho de recibir la Eucaristía,
aún cuando no se haya concedido la anulación. Ellos citan
el Derecho Canónico. Los cánones 213, 843.1 y 912 establecen
los derechos del creyente a los sacramentos, y a la Eucaristía en
particular.
Además,
como dicen los religiosos Himes y Coriden: Las personas que son la Iglesia
necesitan los sacramentos no sólo porque son santos sino porque
son pecadores. Los sacramentos no son un premio por una vida bien vivida,
sino un medio para ahondar en el amor de Dios y en el deseo de conversión.
Limitar los sacramentos a aquéllos que están completamente
integrados en la vida de la Iglesia pasa por alto el ejemplo de Jesús
que compartió su mesa con todos que se le acercaron, incluso los
pecadores públicos. "Pastoral Care", pág. 115.
Hay
una opinión teológica creciente en la Iglesia según
la cual la Cena de Señor es para el hambriento, no para aquéllos
que están satisfechos. Nosotros somos seguidores de Jesús
que nos dijo que su Padre quería misericordia, no sacrificio. Y
de un Jesús que comió y bebió frecuentemente con pecadores.
¿Está siendo la Iglesia infiel a su memoria si los pecadores
que pertenecen a ella comparten el Cuerpo y la Sangre en el banquete de
la Eucaristía que él nos pidió repetir en su memoria?
2)
Los católicos preocupados por su situación matrimonial pueden
buscar a alguno de los muchos sacerdotes o ministros buenos, compasivos
y, sobre todo, al día en estas materias y exponerles su situación.
Les exponen claramente sus ideas. Les dicen que quieren seguir la solución
del foro interno. Los asesores o confesores les harán probablemente
alguna pregunta relativas al asunto y la pareja las contestará con
siceridad. Los consejeros no ondearán una vara mágica y dirán,
"Ustedes son libres de hacer lo que quieren". Sino que les dirán,
"Es su conciencia. Ustedes no pueden jugar al escondite con Dios. Pero
si están convencidos de que están obrando bien, regresen
a la Mesa de Señor".
Esta
segunda manera (ir a un sacerdote, o a alguien en la comunidad católica
cuya opinión respeten) tiene una ventaja: puede darle a una pareja
en dudas un sentimiento importante de que ellos no están engañándose,
porque están sometiéndose a un juicio aprobatorio (presumiblemente
más objetivo) de otro.
Si
ellos quieren entrar en un segundo matrimonio:
Supongamos
que Tom y Matilde no están todavía casados, pero van en esa
dirección. ¿Pueden emplear ellos la solución del foro
interno y pedirle al sacerdote que bendiga su matrimonio? No hay nada malo
con preguntar. No hay nada malo con decir que sí. Él está
acostumbrado a bendecir casas, automóviles, barcos, aviones, incluso
perros. Él puede bendecir a una pareja en su mutuo compromiso amoroso.
Lo que él no puede hacer es bendecirlos en un rito público
que de la impresión que él está dando testimonio de
un nuevo matrimonio sacramental. Algunos sugieren que la pareja puede casarse
por lo civil, y después acudir con la familia inmediata a la iglesia
para una bendición privada. Añaden que casarse primero civilmente
y acudir después a la iglesia para la bendición del sacerdote
se aproxima a la práctica normal en aproximadamente el 70 por ciento
del mundo católico (en México, por ejemplo, y en muchos otros
países latinoamericanos).
Pero,
debido a que los sacerdotes en la Iglesia Occidental son ministros de una
Iglesia que no tiene ninguna tradición de bendecir matrimonios mientras
el primer esposo todavía esté vivo (si no se ha concedido
ninguna anulación), no podemos esperar que desafíen a la
Iglesia oficial de una manera pública. Ellos no podrán hacer
nada más hasta que algunos de los teólogos más renombrados
de la Iglesia convezcan a algún futuro Papa y a sus consejeros que
propongan algunas normas que muevan a la Iglesia en una dirección
más amante, más compasiva. Esperamos que la Iglesia pueda
encontrar una manera de retener su creencia sobre la permanencia del matrimonio
y, al mismo tiempo, reconocer que algunos matrimonios mueren.
Como
miembros de ARCC creemos que esta esperanza es realista. Durante más
de 20 años organizaciones como la Sociedad Teológica Católica
de América y la Sociedad Americana de Derecho Canónico han
luchado por reformar la legislación matrimonial. Algunos teólogos
defienden la total abolición del proceso de anulación; entretanto,
ellos sugieren que los pastores de la Iglesia hagan más uso de la
solución del foro interno.
Los
de ARCC no decimos que todos los católicos en segundos matrimonios
deban o no deban hacer nada basados en nuestra declaración. Ellos
deben pensar por sí mismos y ejercer sus propias conciencias como
miembros de la Iglesia, y como los Padres de Vaticano II los animaron a
hacer en otra materia, en la Declaración del Concilio sobre Libertad
Religiosa. Nosotros no tenemos ninguna solución automática
aquí, no ondeamos ninguna vara mágica. Simplemente ofrecemos
algunas palabras alentadoras, palabras que deben alentar a muchos que han
perdido el ánimo. Nos encontramos con estas personas en el trabajo,
celebramos fiestas con ellos, compartimos el pan con ellos en reuniones
de familiares. Si hablamos seriamente con ellos sobre su situación,
nos damos cuenta enseguida que viven en sufrimiento (a veces dolores profundamente
reprimidos) porque les han hecho sentirse malos católicos. "Yo era
católico", dirán, con tristeza. Pero, con frecuencia, después
de hablar con ellos, nos damos cuenta que son mejores católicos
que aquéllos que los excluyen. A simple vista, sus segundos matrimonios
parecen ser más reales, más amorosos, más fructíferos
que sus primeros matrimonios. Además, debemos alabarlos por tener
la fe, la esperanza y el amor--y la valentía妖e intentar de nuevo
tras el tropiezo de su primer matrimonio. Por esta razón, los miembros
de ARCC nos atrevemos a hablar en nombre de estas personas de Dios, y esperamos
darles la bienvenida en el Banquete Eucarístico.
Septiembre
de 1998
Nota
*In
1884, el Papa León XIII divorció a dos judíos para
que uno, casado con un católico en una ceremonia civil, pudiera
hacerse católico y ratificar el matrimonio en la Iglesia. En abril
de1924, Pío XI disolvió el matrimonio de un protestante bautizado
y de un judío para que el protestante pudiera casarse con un católico.
Poco tiempo después, él disolvió el matrimonio de
un protestante y un pagano. Y, el 6 de noviembre de 1924, él divorció
a un hombre no-bautizado de su esposa anglicana para que él pudiera
casarse con una católica, sin ninguna mención de la conversión
del hombre. Pío XII fue más allá. En 1947, él
divorció a una mujer no-bautizada de su marido católico,
casados por un sacerdote católico, para que ella pudiera convertirse
al cotolicismo y validar su matrimonio con otro católico. Tres años
después, el Papa permitió al esposo católico de un
primer matrimonio casarse de nuevo. El 12 de marzo de 1957, Pío
XII disolvió el matrimonio de dos musulmanes para que uno pudiera
hacerse católico. Era la primera vez que la Iglesia anulaba el matrimonio
de dos personas no bautizadas. Estos divorcios, o disoluciones, se concedieron
bajo el denominado Privilegio Paulino, o Privilegio Petrino--"a favor de
la fe". El 7 de febrero de 1964, Pablo VI aplicó el Privilegio Petrino
concediéndole el divorcio a un judío que se había
casado con otro judío, pero que estaba casado ahora con un católico,
aunque el judío había declarado abiertamente que él
no deseaba convertirse. "El favor de la fe" estaba concediéndose,
al parecer, por cualquier tipo de beneficio que el Papa permitiera. Para
una relación más detallada, junto con las citas para estos
casos, véase Peter DeRosa, Vicars of Christ, the Dark Side of the
Papacy.
Bibliografía
Brunsman,
Barry. New Hope for Divorced Catholics. New York: Harper, 1989.
Bowman,
Jim. Bending the Rules. New York: Crossroad, 1994.
Collins,
Raymond F. Divorce in the New Testament. Collegeville: The Liturgical Press,
1992.
DeRosa,
Peter. Vicars of Christ, the Dark Side of the Papacy. New York: Crown,
1988.
Farley,
Sr. Margaret, RSM. "Divorce, Remarriage and Pastoral Practice." Moral Theology,
Challenges for the Future.
Himes,
OFM, Kenneth, and James A. Coriden. "Pastoral Care of the Divorced and
Remarried," Notes on Moral Theology 1995. Theological Studies 50 (1996).
Kaiser,
Robert Blair. The Politics of Sex and Religion. Kansas City: Sheed &
Ward, 1985.
Kelleher,
Stephen J. Divorce and Remarriage for Catholics? New York: Doubleday, 1973.
Kennedy,
Sheila Rauch. Shattered Faith. New York: Pantheon Books, 1997.
Martos,
Joseph. Doors to the Sacred, A Historical Introduction to Sacraments in
the Catholic Church. New York: Image Books, 1982.
Priester,
Steven and James J. Young, eds. Catholic Remarriage, Pastoral Issues and
Preparation Models. New York: Paulist Press, 1986.
Provost,
James. "Intolerable Marriage Situations Revisited." The Jurist 40 (1980).
Thurston,
Anne. "Living with Ambiguity." Doctrine and Life 44 (1994).
Wrenn,
Lawrence G., ed. Divorce and Remarriage in the Catholic Church. New York:
Newman Press, 1973.
Young,
James J., ed. Ministering to the Divorced Catholic. New York: Paulist Press,
1979.
---,
ed. Divorce Ministry and the Marriage Tribunal. New York: Paulist Press,
1982.
"Pastoral
Ministry: The Divorced and Remarried." Origins 23 (March 10, 1994), pp.
670-673.
Publicado
el 8 de agosto de 1998 Última revisión el 24 de abril
de 1999 Registro de propiedad literaria © 1998 Asociación
para los derechos de católicos en la Iglesia
Reacciones
y comentarios:
Ingrid
Shafer.
Traducción
del inglés:
Dr.
Julián L. Bueno, Ph.D. Southern Ilinois University at Edwardsville,
Il 62026 |